Ronroneaba por el parque, en un paseo rutinario, de cualquier mañana, con mi pequeño amigo, Sheldon, mi perro; de repente, una muchedumbre abarroto el lugar haciéndome sentir incómoda. Cuando pude reaccionar volvimos a estar a solas, Sheldon y yo.
Al llegar a casa, tras quitarle la correa y ponerle agua, me paro a analizar la situación ocurrida aquella mañana tranquila pero a la vez inquieta. Todo parece que no es normal, que ha ocurrido como un espejismo de un oasis en medio de un desierto, pero cuando realmente pienso en frío me doy cuenta.
Las 3 de las tarde, sentada en el sofá con una taza de té rojo recuerdo una cara, una cara familiar y angulosa, un retrato inolvidable que sonríe entre la muchedumbre. Todas y cada una de las caras las recuerdo con una nubosidad inmensa pero esa ... esa cara la veo con una nitidez que asusta.
Era un chico moreno, de tez poco bronceada, pelo alborotado pero corto ... muy sexy, con unos ojos color miel que impresionan y una sonrisa que derrochaba jovialidad por donde quiera que la mirases. De repente guiña un ojo, lo que llamo mi atención en un pequeño lunar en la parte derecha de su nariz, sin llegar al pómulo pero tampoco al labio, un punto medio. Un lunar representando la característica propia de ser único, de no poder encontrar algo igual.
Tras llegar a la conclusión y mi cuerpo empezar a esbozar una pequeña sonrisa de sorpresa y un suspiro interno, me despierto, en mitad de noche, sonriendo como una niña pequeña al abrir los regalos una mañana de 6 de enero.
Así comenzó un día, en el que la sonrisa no se me borró de la cara.

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